PUBLIO CORNELIO ESCIPIÓN EL AFRICANO Y SU CONFIANZA.

Cuando el padre y tío del africano, Publio y Gneo Escipión, fueron derrotados en Hispania y fue masacrado la mayor parte de su ejército por las tropas cartaginesas y aliadas, muchos de los pueblos de Iberia se pusieron del lado cartaginés: Al no atreverse ninguno de los generales a partir hacia allí para restablecer la situación, Escipión el Africano, que contaba con sólo veintitrés años, prometió que lo haría. Con esta confianza en sí mismo, y solo dos legiones, devolvió al pueblo romano la esperanza de la salvación y de la victoria. Recordemos que los cartagineses habían matado a su padre y a su tío. Y que los romanos unos años antes habían perdido miles y miles de hombres en la batalla de Cannas, en la que él mismo estuvo a punto de morir. Por entonces Aníbal que parecía y era invencible no estaba muy lejos de Roma.
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Esta confianza en sí mismo la ejerció también en Hispania. Cuando asediaba la ciudad de Baria (en la provincia de Almería), ordenó a los que se presentaban ante su tribunal, para que impartiera justicia, que compareciesen al día siguiente en un templo que se encontraba al otro lado, dentro de los muros del enemigo. E inmediatamente, después de haberse apoderado de la ciudad, dictó sentencia en el sitio, en el momento y en el lugar que previamente había dicho.




Escipión el africano, Foto CC3 de  Miguel Hermoso Cuestar.


“Nada más noble que esta confianza, nada más cierto que esta predicción, nada más eficaz que esta rapidez de hacer lo prometido, nada, en fin, más digno que su dignidad.” (Valerio Máximo)
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No fue menos valiente ni menos importante su paso a África, adonde llevó su ejército desde Sicilia, zarpando de Lilibeo y desembarcando en África, no muy lejos de Utica. Esto lo hizo en contra de la opinión del senado, porque, si no hubiese confiado más en su decisión que en la del propio senado para realizar esta empresa, no se habría encontrado el modo de poner fin a la Segunda Guerra Púnica.
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Una confianza igual demostró con la siguiente anécdota: una vez en África, unos exploradores cartagineses fueron cogidos prisioneros en el campamento y llevados a su presencia, pero ni los torturó ni les preguntó sobre las intenciones y las fuerzas del ejército enemigo, sino que ordenó que los llevaran junto a los manípulos y resto de tropas auxiliares. Tras preguntarles si ya habían visto todo lo que les habían ordenado, mandó que los alimentaran a ellos y a sus cabalgaduras y los dejó libres sanos y salvos. Con esta prueba de confianza en sí mismo, golpeó la moral del enemigo antes de hacerlos caer bajo las armas romanas.
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Cuando Lucio Cornelio Escipión Asiático, su hermano, y él se defendían tras una acusación ante el senado de la apropiación de cuatro millones de sestercios relativos a la guerra de Antioquía (en la actual Turquía). Escipión el Africano rompió el libro de cuentas en el que estaban registrados los pormenores de los gastos y de los ingresos con el que fácilmente podía echar atrás cualquier duda de sus acusadores. Se dirigió entonces a los presentes y les dijo:

«Senadores, no voy a dar cuenta a vuestro erario de los cuatro millones de sestercios, yo, que con mi actuación he enriquecido el tesoro público en doscientos millones de sestercios. No creo que se haya llegado a tal grado de malic
ia que haya que abrir una investigación sobre mi inocencia, ya que, después de haber puesto África entera a vuestra disposición, ninguna otra cosa saqué de ella que se me pudiera imputar, salvo el cognomen. Así pues, ni me hicieron avaro los tesoros cartagineses ni a mi hermano los de Asia, sino que ambos somos más ricos en envidia de otros que en dinero».
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Cuando el tribuno de la plebe Marco Nevio quiso obligar al Africano y fijó una fecha determinada para que compareciese ante el pueblo. El Africano se presentó con una gran muchedumbre, subió a la tribuna de oradores y, ciñéndose la corona del triunfo, dijo:

«Quirites, tal día como hoy obligué a la soberbia Cartago a someterse a nuestras leyes. Es justo, pues, que vosotros y yo vayamos al Capitolio a dar gracias a los dioses».

Al parecer tras esas palabras se dirigió a la colina Capitolina hacia el templo de Júpiter Optimus Maximus, Juno y Minerva. Mientras, lo acompañaban como escolta el senado en pleno, todos los ecuestres y toda la plebe. Tan solo quedó en el foro el tribuno que quiso iniciar el proceso en nombre del pueblo pero sin estar presente el pueblo. Quedo solo y haciendo el mayor de los ridículos con su calumnia. Para evitar más vergüencita también él fue al Capitolio y de acusador de Escipión se convirtió en su ferviente admirador.
 




Fuente: Hechos y dichos memorables de  Valerio Máximo.
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The Continence of Scipio de Sebastiano Ricci, dominio público.




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