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lunes, 1 de junio de 2020

VIDA EN LA ANTIGUA ROMA: EL PATRÓN Y EL CLIENTE.


El Patrón tenía la obligación de recibir a sus clientes en su casa para despachar con ellos o para ayudarles. Cuando éstos carecían incluso de lo necesario para comer preparaba una cesta con víveres, sportula. En ocasiones, para evitarse molestias, les obsequiaba con un donativo monetario el día de su visita. La costumbre también prescribía aguardar el turno, que no era establecido según el orden de llegada, sino de acuerdo al lugar que cada uno ocupaba en la sociedad. Obviamente, se debía cuidar mucho el modo de dirigirse al patrón pues había que llamarle, no por su nombre, sino «señor», dominus. Roma despertaba cada mañana con el ir y venir de estas cortesías de rigor. Los más humildes multiplicaban las visitas para lograr nuevas asignaciones.

Dionisio de Halicarnaso señala que Rómulo dividió a la sociedad romana en patricios y plebeyos. Los últimos debían ser clientes de los primeros y cada plebeyo podía elegir a quien quisiera como patrón. Los patrones debían aconsejar en derecho a sus clientes, velar por ellos en los aspectos económicos y proporcionar medios de subsistencia a su cliente y a su familia, entablar procesos por ellos y defenderlos si eran acusados. También nos define las obligaciones de los clientes que debían hacer progresar los intereses de su patrono en todos los aspectos, cultivar sus campos y cuidar sus rebaños, ayudar a sus patrones con la dote de sus hijas, ayudar en el pago de rescates a los enemigos o satisfacer penas civiles, así como contribuir en los gastos de los desembolsos para actos públicos y asistirlos y acompañarlos en caso de guerra. Les estaba impedido mutuamente testificar en un juicio uno contra el otro o aliarse con enemigos. 

Los clientes quedaban vinculados jurídicamente a los patrones, les mostraban respeto, eran serviciales para con su persona y sus bienes, estaban asociados al culto familiar de su patrón llevando el nombre gentilicio, dependiendo de un miembro de la gens, patronus, al que estaban vinculados por el ius patronatus y al que tenían que proteger ante cualquier amenaza. 

«El título de Patrón viene inmediatamente después del de Padre», Catón. 

Es obvio que el valor de la relación residía en la posición dominante del patrono. Al ser los patricios, en la monarquía, los únicos con todos los derechos civiles y no tener los miembros de la plebe ninguno, el cliente tenía que sacrificar su independencia a cambio de la protección y aprobación de un hombre más poderoso. En el caso de disputas por la propiedad, por ejemplo, el apoyo de un patrono le aseguraría la defensa y justicia pues un ser sin derechos políticos contra otro que los tenía sería siempre perdedor en cualquier conflicto legal. 


 Lawrence Alma-Tadema, dominio público.

La división social en una clase dirigente de patricios que actúa como magistrados, jueces y patrones y la clase de plebeyos conformada por granjeros, artesanos y clientes, en realidad está diseñada en la visión de Dionisio para evitar el conflicto social y aunque esto pudiera ser así en la monarquía no era igual en la República y menos aún durante el Imperio pues plebeyos y ecuestres adquirieron grandes cotas de poder y, ¿cómo no?, de dinero. Estas relaciones se volvieron menos exclusivas y obligatorias. Se observa fluidez y multiplicidad en los vínculos de cliente-patrón. Es evidente que la relación no podía mantenerse de igual manera después de que patricios y plebeyos se hicieran, poco a poco, políticamente equivalentes. 

Según Tito Livio, en la elección de los cónsules del 468 a.C. en el primer conflicto patricio-plebeyo, la plebe enfurecida no participó, pero los cónsules (probablemente Tito Larcio y Quinto Clelio Sículo) fueron elegidos por el voto de los patres y sus clientes. Según esto, la información de Dionisio de Halicarnaso puede que no sea absolutamente verídica, pues de Tito y otras fuentes se puede deducir que los clientes tenían derecho al voto y que en los plebeyos no estaba originada la existencia de los clientes (o al menos no en su totalidad) en un Estado totalmente patricio. Incluso hay fuentes que indican que los plebeyos llegaron a Roma tiempo después de que esta relación existiera. 

El clientelismo al final de la República y en el Imperio se veía como una relación voluntaria, por lo tanto no debería ser equiparada a una relación de servidumbre. El ciudadano, en principio, no debería verse disminuido por actuar como cliente y no afectaría a sus derechos de propiedad como tampoco implicaría la pertenencia del cliente a la gens del patrón. Pudiera ser incluso que un cliente tuviera varios patrones y que un patrón fuera a su vez cliente de otro. En esta última etapa no había ningún vínculo personal entre el nuevo patrono y el nuevo cliente, ni ninguna relación de origen hereditario. El nuevo cliente no se ataba de por vida a un patrono para bien o para mal. A menudo seguía a varios a la vez y cambiaba de patronos en cuanto otro le ofrecía mejores expectativas. Del mismo modo el patrono despachaba a un cliente cuando se había cansado de él. 

Además, es casi seguro que no todos los romanos se encontraban en este tipo de relaciones. El desarrollo de otro tipo de vínculos, más definidamente asociativos, políticos y económicos, garantizaban mecanismos de autodefensa entre los plebeyos y nos permite pensar que muchos sectores de la población escapaban a estos encuadramientos. Un ejemplo pequeño de esto último serían los collegia profesionales, que eran entidades jurídicas con derecho a defensa ante los tribunales, podían comprar y vender, y ejercían como asociaciones de asistencia mutua.

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Fuentes: La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio de Jérôme Carcopino y Patrones y Clientes en la República Romana y el Principado de Carlos G. García.

Ángel Portillo autor de:

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Miembro del grupo de recreación historica Barcino Oriens (Legio II Traiana Fortis) y Miembro de Divulgadores de la Historia.

jueves, 23 de abril de 2020

Hechos y Dichos Memorables, sobre la pobreza.

La obra de Valerio Máximo nos aporta un corpus de noticias literarias, geográficas, históricas y morales del pasado de Roma y nos ofrece una imagen de los contenidos doctrinales del interés social por conocer las figuras y hechos más relevantes de la historia en cuanto pueden servir de cohesión y estabilidad al nuevo régimen, el Imperial.

Sobre la pobreza.

«Todo lo tiene el que no ansía nada. O, dicho con más precisión, piense el que tiene todo tipo de bienes que, mientras que los materiales suelen perderse, los que consisten en unos buenos sentimientos no pueden sufrir embate alguno de la fortuna. Y ¿qué decir de considerar las riquezas como el primer objetivo de la felicidad y la pobreza como el último grado de la miseria, cuando aquéllas, a pesar de su apariencia agradable, guardan en su interior numerosas amarguras y, en cambio, el aspecto negativo de la pobreza encierra bienes firmes y sólidos?»

Con estas palabras el autor nos indica sobre qué tratará el Capítulo IV de su Libro IV, dándonos tras ello unos ejemplos. Como él indica: “Esto quedará mejor demostrado con ejemplos vivos que con palabras”.

«Se dice que cuando a Cornelia, la madre de los Gracos, una matrona de Campania que estaba hospedada en su casa le mostró sus joyas como si fueran las más bellas de la época, Cornelia la entretuvo con su charla hasta que sus hijos regresaron de la escuela y, entonces, le dijo: “Éstas son mis joyas”»

Cornelia era hija de Escipión el Africano y tuvo doce hijos, aunque sólo tres de ellos alcanzaron la madurez. No volvió a casarse después de la muerte de su esposo, Tiberio Sempronio Graco, y se dedicó por entero a su vida interior y a sus hijos. Los únicos que llegaron a la edad adulta fueron Tiberio Sempronio Graco, Cayo Sempronio Graco y Sempronia, quien se desposó con su primo, Publio Cornelio Escipión Emiliano. 

Cornelia rechaza la corona de Ptolomeo VIII de Laurent de La Hyre, dominio público.

También nos explica otro ejemplo.

«Una vez suprimida la monarquía a causa de la desmesurada soberbia de Tarquinio, Valerio Publícola y Junio Bruto fueron los primeros cónsules. De ellos, Junio Bruto desempeñó esta magistratura otros tres años, obteniendo el favor unánime del pueblo romano, de manera que, con sus numerosas y grandes hazañas, realzó aún más el honor de su familia. Sin embargo, este hito de nuestra historia murió con un patrimonio que no era suficiente ni para pagar sus exequias, por lo que hubo que recurrir al dinero público. No necesitamos hacer más averiguaciones acerca de la pobreza de tan ilustre varón. La mejor demostración de lo que poseyó en vida es que, cuando murió, no tuvo ni para un lecho fúnebre ni para una pira».

A Lucio Junio Bruto se le considera uno de los dos primeros cónsules de la República romana, y se le atribuye, según el mito, la frase que encomió al pueblo romano a acabar con la monarquía: “Por esta sangre tan casta antes del ultraje del hijo del rey, juro, y os pongo a vosotros, dioses, por testigos, que yo perseguiré a Lucio Tarquinio el Soberbio, a su criminal esposa y a toda su descendencia a sangre y fuego y con todos los medios que en adelante estén en mi mano, y no consentiré que ellos ni ningún otro reinen en Roma”. Este juramento de Bruto fue pronunciado, cuchillo en mano aun con la sangre de la casta matrona, tras presenciar el suicidio de Lucrecia.

Otro hecho que nos relata es el siguiente:

«¿Y qué grandeza nos imaginamos que alcanzaría Menenio Agripa, a quien el senado y la plebe eligieron para que pusiera paz entre ellos? La que le corresponde a un defensor del bien general. Pues lo cierto es que murió con tan pocos recursos que si el pueblo no hubiera entregado un sextante por cabeza para su funeral, Agripa hubiera carecido del honor de una sepultura. No es extraño, entonces, que los ciudadanos, que estaban divididos en una perniciosa sedición, quisieran reducirse a uno solo con las manos de Agripa, unas manos que les parecían pobres, pero sagradas. Y, por ello, si Menenio Agripa, en vida, no tenía nada digno de ser censado, después de muerto contó con el patrimonio insuperable de la concordia romana».

Menenio Agripa Lanatus fue un célebre cónsul que reconcilió a la plebe con la novilitas. En las disputas al inicio de la república entre los patricios, que tenían la exclusividad de las magistraturas, y los plebeyos, sin poder político pero con obligaciones militares, actuó como un hombre de opiniones moderadas. Consiguió ser respetado y obtuvo la confianza de ambas partes. Gracias a su mediación se acabó con la primera gran ruptura entre los patricios y los plebeyos. Tras este conflicto, y aunque tardó algún tiempo, se consiguieron dos tribunos de la plebe con derecho, entre otros, al veto en las decisiones del senado que perjudicaran a los plebeyos.



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Fuente: Hechos y Dichos Memorables de Valerio Maximo. 

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Miembro del grupo de recreación historica Barcino Oriens (Legio II Traiana Fortis) y Miembro de Divulgadores de la Historia.