domingo, 27 de octubre de 2019

«SABÍA QUE LA VIOLENCIA ERA PARTE DE LA VIDA».


Capítulo III – Rufo Septinio - Fragmento de LIGNVM.

«Se adivinaban sombras tras las ventanas, pero nadie salió en ayuda de los miserables. Llegó un momento en el que ya no gritaban por los golpes: los recibían sin poder articular sonido.

—Parad, no hace falta matarlos. Les dirán a los demás que eviten tentaciones —nos indicó Rufo—. ¿Cuál de los tres está mejor?

—Parece que este —señaló el joven Carruca.

Rufo se acercó al tipo al que parecía que había librado de la muerte y le aleccionó:

—Habéis cometido un error grave al atacar a mis amigos de los carretones. Si lo volvéis a hacer igual me enfado. Si me obligas a regresar aquí, te sodomizaré hasta que te quieras quitar la vida tú mismo. No te puedes imaginar lo que les espera a tu madre y a tu dulce hermana, así que ahora haz lo que quieras: compórtate como el cobarde que eres y abandónalas, o quédate y sácalas adelante; hagas lo que hagas, avisa a los tuyos de lo que les puede pasar si hacen lo que no deben. ¿Entendido?

Acabó dándole un golpecito en la cabeza. El hombre no parecía tener la capacidad de contestar, pero no cabía duda de que haría lo que se le había dicho. Pusimos de nuevo los palos, ahora llenos de sangre, en el carro y nos fuimos dispersando por la ciudad.

Mi progenitor me había explicado en varias ocasiones la fábula de los cuatro novillos y el león. El gran depredador tenía hambre y veía las abundantes carnes de los rumiantes, pero como estos eran muy amigos y andaban siempre juntos, no podía atacarlos. La naturaleza le había dado fuerza para matar a cada novillo, pero juntos uno al lado del otro era imposible para él acabar con ellos: la suma de los cuatro era superior a la fiereza del carnívoro. El león empezó a hablarles sugiriendo que los otros siempre comían los mejores pastos. Los infelices novillos empezaron a desconfiar y decidieron ir cada uno a buscar su hierba fresca por diferentes caminos. Al final, el inteligente león los acabó devorando a todos uno por uno.

Era consciente de que los trabajadores del transporte de mercancías y todos sus familiares nos teníamos que apoyar entre nosotros. En caso contrario, seríamos devorados por las bestias. Sabía que la violencia era parte de la vida. Era consciente de que era cotidiana en las actividades de los hombres: la ejercía el rico contra el pobre, el poderoso contra el pueblo y el pueblo contra el poderoso, el amo la aplicaba con su esclavo y el fuerte la usaba para someter al débil. En ciertas condiciones en la sociedad romana, que era la mejor de todas, aparecían conflictos, rupturas y tensiones. Cuando se rompía el orden, toda la ciudad estallaba y se producían disturbios, muertes y violaciones. Esto era así desde el principio de los tiempos y seguiría así hasta el final.»

Escrito por Ángel Portillo. LIGNVM en Amazon.
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Fuente: LIGNVM de Ángel Portillo.

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viernes, 25 de octubre de 2019

LA REVUELTA BRITÁNICA DE BOUDICA Y LA CAÍDA DE CAMULODUNUM.

En la primavera del año 60 d.C. el propretor de la provincia, Gayo Suetonio Paulino, partió hacia la isla galesa de Anglesey (Mona Insula) y atravesó los valles en dirección a la costa noroeste de Gales. Su ejército se componía de la legión XIV Gemina y varias cohortes auxiliares, como la infantería ligera bátava, que llevaba décadas luchando junto a la XIV Gemina, además de la famosa caballería bátava y otras unidades de caballería. Paulino era consciente de que la religión de los druidas era un factor unificador entre las distintas tribus britanas pues los hijos de los nobles eran educados por los druidas. Algunos de estos más tarde se convertían en sacerdotes, otros llegaban a ser líderes de sus tribus y todas ellas apelaban a los mismos dioses para que les dieran poder para derrotar a sus enemigos. Eso era potencialmente peligroso para Roma. Ese fue, seguramente, el motivo por el que mucho tiempo antes Augusto hubiera prohibido a los ciudadanos romanos que profesaran la religión de los druidas, mientras que Claudio la había ilegalizado, por completo, en todo el imperio. El centro religioso de los druidas se encontraba en Mona Insula. Teniendo todo esto en cuenta, Paulino había tomado la determinación de atacar la isla y acabar con ese peligro eliminando al movimiento druídico para siempre.

Cuando el ejército llegó a Mona Insula guerreros galeses, de las tribus de los deceanglos, los ordovices y los siluros, lo esperaban. Tras ellos un grupo de mujeres histéricas vestidas de negro y despeinadas, que agitaban tizones ardiendo en las manos y que chillaban como animales. Las brujas elevaban las manos al cielo e invocaban a sus dioses para que dejaran caer su ira sobre las cabezas de los invasores. Esa visión dejó petrificados a los romanos pues eran muy supersticiosos. El propio Paulino tuvo que incitar a sus hombres a actuar preguntándoles si tenían miedo de las mujeres. Estos se lanzaron a la carga exterminando tanto a guerreros como a “brujas”. Tras eso las tropas romanas se diseminaron por la isla, localizando los bosquecillos sagrados donde, según se decía, los druidas realizaban sacrificios humanos.

Sin embargo, cuando el general romano estaba felicitándose por su triunfo, desde la zona oriental llegó un despacho urgente informándole de que se había producido un levantamiento de tribus en el este de Britania. Paulino ordenó a sus tropas que se prepararan para iniciar la marcha. 

No hay duda de que el ataque a los druidas ayudó al levantamiento, pero hay que sumar otros factores para el descontento de las tribus británicas. Como por ejemplo que el acaudalado filósofo Lucio Eneo Séneca, secretario y consejero de Nerón, hubiera prestado cuarenta millones de sestercios a las tribus reclamándoles el dinero poco tiempo después. Séneca, según Dión, había «recurrido al uso de severas medidas» para lograr el pago del préstamo. Sumar a eso que los veteranos de las legiones que se habían establecido en la recién creada colonia militar de Camulodunum «sacaron a la gente de sus casas» y «la expulsaron de sus granjas».

Seguramente todos esos factores hicieron que los indignados nobles icenos se hubieran reunido en secreto para conspirar contra sus caciques romanos y hubieran enviado unos mensajeros a la tribu de los trinovantes para que se incorporasen a la rebelión. Los cabecillas nombraron a Boudica su reina guerrera y establecieron que la revuelta comenzaría cuando el gobernador y una parte importante de sus tropas se marcharan de campaña, en el verano del año 60 d.C. 

Los rebeldes concentraron sus primeros esfuerzos en Camulodunum, donde muchos miles de colonos romanos y britanos romanizados habían hecho su hogar. Decenas de miles de icenos, desde el norte, y decenas de miles de trinovantes, desde el sur, se abalanzaron sobre la ciudad aniquilando a todo aquel que encontraban en su camino. Como es lógico los habitantes de Camulodunum enviaron rápidamente mensajeros para pedir ayuda. Al parecer en la ciudad solo había una pequeña fuerza militar. Los auxiliares de este pequeño contingente se sumaron a los veteranos de la legión que vivían allí y se congregaron a toda prisa en el enorme templo de Claudio erigido nueve años atrás en el centro de la ciudad. Los pocos oficiales que había decidieron intentar defender el templo, donde se refugiaron, en su sótano, centenares de aterrorizados civiles: hombres, mujeres y niños, muchos de ellos familiares de los legionarios retirados.

Desconociendo realmente lo difícil de la situación, Quinto Petilio Cerial Cesio Rufo, el legado de la IX Hispanica partió desde su base en Longthorpe con una fuerza de socorro consistente en cuatro cohortes de legionarios y varios escuadrones de caballería. Según sus cálculos llegarían en cuatro días.


Boudica reina de los icenos de John_Opie, dominio público.

El templo de Claudio de Camulodunum fue rodeado por los rebeldes y, durante dos días, los veteranos y auxiliares resistieron sus ataques. Al final, unos agentes rebeldes camuflados entre los refugiados del interior del templo dejaron entrar a los guerreros de las tribus: miles de ellos penetraron en tropel y derrotaron a los defensores. Los britanos rebeldes de Boudica saquearon y prendiendo fuego a la ciudad, torturaron y asesinaron a millares de prisioneros. Algunos romanos fueron ahorcados mientras que otros fueron crucificados. Otros fueron empalados con pinchos ardientes y abrasados vivos. A algunos se les obligó a observar sus propias entrañas después de que se las hubieran arrancado del cuerpo. Dión afirma que los britanos sometieron a las cautivas romanas a torturas y mutilaciones especialmente brutales. 

Cuando estaban cerca de Camulodunum, el legado romano Cerial y su columna de legionarios de la IX Hispana fueron aplastados por los rebeldes cuando «se dirigían al rescate» de sus compatriotas. Según explica Tácito, después de que los dos mil soldados de infantería fueran aniquilados, «Cerial escapó con parte de la caballería hacia el campamento, y fue salvado por sus fortificaciones». 

Desde Gales, el propretor de la provincia, Suetonio Paulino, avanzaba a marchas forzadas con la mayor parte de sus fuerzas. Ante Paulino se presentaba un gran problema y tenía que solucionarlo. La IX Hispana había perdido a dos mil hombres por la precipitación de Cerial. Si retiraba a más hombres de los fuertes de la frontera septentrional, estaría invitando a las tribus del norte a descender en tropel y unirse a la rebelión. Al oeste, la legión XX estaba defendiendo la frontera; llevarse la legión de la línea de defensa occidental suponía animar a los agresivos siluros a atacar a los romanos por la retaguardia. Lo mismo sucedía con la zona en la que estaba establecida la II Augusta. 

Cómo sabemos, pudo solucionar el problema.

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Fuente: Legiones de Roma de Stephen Dando Collins.

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viernes, 18 de octubre de 2019

EL LEVANTAMIENTO DE ARMINIO: LOS ÚLTIMOS SUPERVIVIENTES.


El FUERTE DE ALISO, RESISTIENDO ANTE LOS GERMANOS.

Arminio (o Hermann), una vez aniquiladas las tres legiones bajo el mando de Varo, siguió con sus planes de echar a los romanos del este del Rin y fue destruyendo los diferentes fuertes. Algunos de estos estaban a orillas del río Lippe, en las proximidades de las ciudades de Holsterhausen, Haltern, Beckinghausen, Oberaden y Anreppen. Otros fuertes al parecer pequeños estaban situados más al interior, en Sparrenburger Egge, cerca de Bielefeld, aunque estos se cree que se trataba de campamentos de marcha.

Excepto el fuerte de Aliso las tribus germanas lideradas por Arminio consiguieron tomar uno a uno los fuertes aniquilando tras eso a todas sus dotaciones. Eso se desprende de las excavaciones pues en el yacimiento de Haltern se han encontrado los restos de una veintena de hombres en un foso, aparentemente arrojados allí por los germanos después de tomar el fuerte.

Como he dicho el único que resistió el ataque se llamaba Aliso (según Tácito era uno de los fuertes del río Lippe). Es posible que en su interior se hallara un altar en memoria de Druso César pues algunas fuentes indican que allí fue donde murió. Aunque no hay seguridad este fuerte estaría cerca de las actuales Anreppen o Oberaden.

El comandante era Lucio Cedicio, prefecto del campamento de una de las tres legiones que habían sido aniquiladas. La suerte quiso salvarlo de los horrores de Teutoburgo. Aun así ahora se enfrentaba a una situación desesperada. En poco tiempo Aliso fue sitiado por un incontable grupo de germanos con la moral alta y con el deseo de dar muerte a los que residían en ese momento en el interior de la fortaleza.

Hermannsdenkmal statue, CC4 by Daniel Schwen.

Los guerreros de las tribus tuvieron muchos problemas y se dieron cuenta de que no les sería posible tomar el fuerte: no conocían las técnicas para hacer asedios y Aliso estaba fuertemente defendido. Lucio Cedicio obtuvo información sobre la aproximación del enemigo y dispuso de algo de tiempo para cerrar las puertas y preparar la defensa de su fuerte. Dion dice que tuvo la buena fortuna de contar con una cohorte de arqueros que «rechazaron repetidas veces» a los atacantes germanos «y destruyeron a muchos de ellos».

Al constatar eso los germanos rodearon la fortaleza y establecieron posiciones, sin duda con el objetivo de que al quedarse sin suministros murieran o se rindieran a causa del hambre. Eso favorecía a Roma pues los germanos no avanzarían hasta tomar Aliso. Al otro lado del río llegaron las noticias de la traición de Arminio y Lucio Asprenas, comandante en el Alto Rin, Se dirigió rápidamente a Vetera, desde Germania Superior, con sus dos legiones. Esto era tanto para evitar el paso de los hombres de Arminio, como para evitar los titubeos de los germanos al oeste del Rin.

Mientras tanto el fuerte era asediado. Tras mantener el sitio de Aliso durante algunas semanas, la noticia de la presencia de los refuerzos romanos en Vetera llegó a oídos de los guerreros de Arminio, añadiendo a eso que además Tiberio se estaba aproximando con un ejército imponente. Este gran contingente de tropas eran legiones que habían participado en la guerra de Panonia y Dalmacia entre los años 6 y 9 d.C. (actuales Austria, Hungría, Eslovenia, Bosnia, Croacia y Serbia). Esa noticia bastó para espantar a algunos guerreros que se retiraron y volvieron a sus tierras. En el caso de que Arminio se hubiera planteado cruzar el Rin e invadir la Galia ya no poseería hombres suficientes para una contienda de ese tipo. Su reacción fue dejar un destacamento de guerreros vigilando la huida de los sitiados que situó a una distancia prudencial del fuerte de Aliso, confiando en poder capturar a la guarnición romana cuando saliera debido a la falta de suministros.

Como era de esperar la guarnición de Aliso acabó teniendo dificultades y la falta de provisiones se volvió insoportable. El prefecto del campamento no solo tenía que proveer de alimento a las tropas de su guarnición. Tenía muchas otras bocas que alimentar pues el fuerte estaba también repleto de civiles. Aunque los legionarios tenían la prohibición de casarse muchos de ellos mantenían familias estables y sus mujeres e hijos se refugiaron en el campamento. También habría artesanos y profesionales que vivían de las legiones y ofrecían sus servicios.

Mientras se les iban acabando rápidamente los suministros, Cedicio y la multitud acumulada en Aliso aguardaban con esperanza la llegada de los refuerzos desde Vetera, pero pasaban las semanas e iba llegando el frio. El prefecto del campamento no lo sabía pero Lucio Asprenas había tomado la decisión de no cruzar el Rin por el momento, llegaba el mal tiempo y pronto tendría una fuerza enorme de hombres al mando de Tiberio, así que no habría rescate. A Lucio Cedicio no le quedó más remedio que intentar escapar hacia el Rin. No era un militar bisoño, sino más bien un homo militaris, y su huida no sería ni desordenada ni desesperada. Siguiendo sus órdenes avanzadillas salieron con sigilo del fuerte y estudiaron la situación de los germanos acampados entre Aliso y el Rin, observando sus posiciones y la rutina de sus rotaciones. Con toda esa información a Lucio Cedicio solo le quedaba esperar la ocasión propicia. Esta oportunidad, según Dion, llegó una desolada noche de noviembre con una tormenta tronando en el valle del Lippe.

Al parecer en una borrasca anterior los germanos dejaron sus posiciones y se pusieron a cubierto. Los hombres y mujeres del fuerte de Aliso salieron caminando a través de la oscuridad. Según las fuentes: «Los soldados eran pocos, los que iban desarmados, muchos». Los militares encabezaban la marcha preparados para luchar; sin embargo tenían la esperanza de pasar por entre las líneas enemigas sin ser advertidos. Cientos, quizá miles, de civiles entre ellos sus mujeres e hijos aterrados y temblando de frio les seguían mientras la tormenta rugía a su alrededor. Muchos de los no combatientes iban cargando con todos sus objetos de valor, mientras se esforzaban para avanzar al ritmo de los soldados.

Lucio Cedicio y sus hombres lograron pasar junto a los primeros y los segundos puestos de sus enemigos, pero cuando llegaron al último fueron descubiertos. Al parecer la columna se había ido alargando. Muchos civiles no podían seguir el ritmo de los militares, unos por la carga que portaban y otros porque estaban helados y agotados. Al perder el contacto con su única esperanza de salvación, sabiendo lo que habían hecho ya los germanos, las mujeres y los niños entraron en pánico y empezaron a llamar a gritos a las tropas, entre las que se encontraban sus maridos y padres (no oficiales) para que regresaran a por ellos. Esos gritos fueron escuchados por los centinelas que dieron la voz de alerta.

Las tropas romanas tenían que abrirse paso por un terreno infestado de enemigos que habían sido alertados de su huida. Acabaron rápidamente con los primeros con los que se toparon, pero eran sabedores que a sus espaldas llegarían más y más guerreros y pronto serían superados en número. Lucio Cedicio estaba en una situación desesperada pero no se dejó llevar por el pánico, ordenó a los civiles que soltaran todo lo que llevaban y echaran a correr lo más rápido que pudieran. Les dijo a sus trompetas que se adelantaran e hicieran sonar la señal de que las tropas debían avanzar al doble de velocidad. Eso hizo dudar a los sitiadores que ya estaban distraídos con el botín abandonado. Al parecer tras la noticias sobre la llegada de refuerzos a Vetera el ánimo de seguir con su revuelta había disminuido y quizá por ello pensaron que el sonido de las trompetas procedía de las unidades de refuerzo enviadas por Lucio Asprenas y abandonaron la persecución. Los germanos mataron o hicieron prisioneros a algunos civiles, pero la inmensa mayoría consiguió escapar. Con espada en mano, Lucio Cedicio y sus hombres, lograron abrirse paso luchando contra los germanos que tenían enfrente hasta llegar a las orillas del Rin.

Al parecer en Vetera, a Asprenas le comunicaron que había fugitivos romanos y que estaban avanzando en dirección al río y este ordenó a sus tropas que cruzaran para ayudarles y Cedicio y sus acompañantes alcanzaron la seguridad de la orilla occidental del Rin. A los germanos solo les quedó la venganza de destruir el fuerte de Aliso.

Esa fue la última acción del levantamiento de Arminio y con esto logró su objetivo de expulsar a los romanos del este del Rin.


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martes, 15 de octubre de 2019

SUPERSTICIÓN EN LA ANTIGUA ROMA: ENCANTAMIENTO AMOROSO (relato corto).



Roma, a tres días de las Kalendas de junio de 763 a.U.c. (10 d.C.)


«Tengo que lograr que caiga en amor romántico por mí y que me pida en matrimonio, padre lo aceptará. Si no lo consigo me casarán con otro. ¡No, no quiero que eso pase!, tan solo lo quiero a él en mi interior. Deseo ser abrazada y deseada solo por Cotta».

Mientras la joven Alba lo miraba repetía: «Cotta», «Cotta». El magus le había dicho que invocara y ofreciera incienso a Venus y que lo llamara en su interior, sin pronunciar las palabras, siete veces durante siete días. El amarre estaría hecho y no podría resistirse a unirse a ella.

Como pasa en muchos encantamientos este no hizo efecto. Alba no pudo dejar de pensar que había realizado el rito de una manera incorrecta y por ello no había obtenido el favor de Venus. Repasó en su memoria las instrucciones que le habían dado pero no pudo encontrar el error. Se podía haber equivocado en cualquier cosa.

Ante su fracaso fue de nuevo a visitar al magus, este le comentó que lo más probable era que no hubiera invocado a la diosa correctamente o que no se hubiera purificado correctamente durante tres días o que no hubiese dicho siete veces el nombre de su objetivo o que no lo hubiese hecho cada día. Alba no dudaba de que todo lo había realizado correctamente pero en cuanto al número de veces que había repetido el nombre en su interior no podía asegurar fallo: cada vez que veía a su amado le embargaba la emoción y necesitaba hacer un esfuerzo para no desfallecer. El magus le recomendó otro tipo de amarre amoroso, pero esta vez para asegurarse el éxito le hizo llegar las instrucciones por escrito.

En cuanto le fue entregado lo leyó. Quedo paralizada, le embargó el temor pues siempre es peligroso invocar a los dioses subterráneos. Podría traer una desgracia a su casa. ¿Cómo no?, también temía a su padre, si este llegaba enterarse la castigaría severamente, haría cualquier cosa con ella; ninguna en las que pensó era buena.

Desde que había visto al apuesto joven había perdido la cabeza. Su corazón aumentaba los latidos ante su presencia y haría cualquier cosa para conseguirlo, ¡cualquier cosa! Su amado era: virtuoso; de mirada despierta; llevaba siempre la cabeza erguida; su pecho era ancho; sus hombros musculosos y fuertes; sus dedos largos; sus brazos fuertes; su cintura pequeña, y sus piernas y pies nervudos y flexibles. Dicho de otra forma: rebosaba virilidad por cada poro de su piel. Añadir a eso que era de una buena y respetada familia. 


Mirra, dominio público portal Pixabay.

En la privacidad de su alcoba, vestida solo con su fina túnica íntima, cogió el documento, esta vez no se equivocaría y haría el amarre correctamente. Con ese convencimiento volvió a leerlo mientras le embargaba la aprensión y su aún virginal cuerpo se estremecía:

Encantamiento para atraer a una persona por medio de un sahumerio de mirra.

Hazla arder sobre carbones y recita la fórmula.

Fórmula:

Tú eres la Mirra, la amarga, la que reconcilia a los que luchan, la que seca y obliga a amar a los que no se adaptan a Cupido. Todos te llaman Mirra, pero yo te llamo devoradora de carne e inflamadora del corazón. No te envío lejos, a Arabia, no te envío a babilonia, sino que te mando junto a Cotta, hijo de Scaurus, para que me lo traigas. Si se sienta, que no se siente; si mira a alguien, que no mire; si bebe, que no beba; si come, que no coma; si besa a alguien, que no lo bese; si se alegra con algún placer, que no goce; sino que solamente en mí, Alba, tenga su pensamiento, sólo a mí desee, únicamente a mí me ame, y que todas mis voluntades cumpla.

No penetres en él a través de sus ojos, ni a través de sus costados, ni a través de sus uñas, ni de su ombligo, ni de sus miembros, sino a través de su alma; y mantente en su corazón y haz arder sus entrañas, su pecho, su hígado, su espíritu, sus huesos, su médula, hasta que venga a mí, me ame y haga todo lo que yo quiera.


A través de la mirra os conjuro:

Hécate, espíritus subterráneos, Tártaro subterráneo, Hechicera subterránea, Caronte, almas de todos los hombres. Venid hoy, realizad cumplidamente lo que hay en este encantamiento y traedlo junto a mí.

Os invoco:

Caos original, agua terrorífica de Estigia, corrientes del Olvido. Enviadme fantasmas de los muertos para que me sirvan en esta hora precisa e inmediatamente, para que vayan y me traigan a mí a Cotta hijo de Scaurus. Venid hoy.

Mirra, como yo te hago arder a ti enteramente, y eres fuerte, así quema enteramente el cerebro del que amo, enciende y transforma sus entrañas, hazle sudar sangre hasta que venga a mí, En este día de hoy, en esta noche, en esta hora traedlo a mí.



Escrito por Ángel Portillo.
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Inspirado en “Textos de Magia en Papiros Griegos” y “Diccionario de la Religión romana”.


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sábado, 12 de octubre de 2019

LOS SALIOS Y LOS ANCILES (MARS).


FERIAE MARTI, Kalendis Martiis. Día de nacimiento de Marte.

Los Salios (Salii). Colegio sacerdotal instituido por Numa Pompilo, segundo rey de Roma, para la custodia de los Anciles. En un principio fueron doce, llamados Palatinos, a los que Tulio Hostilio, tercer rey, añadió doce más, que recibieron el nombre de Colinos (o Agonenses); los primeros estaban consagrados a Marte y los segundos a Quirino. El colegio lo presidía un magister. Había también un praesul, o primer danzante, y un uates, jefe del coro. El nombre lo tomaban de lo que es más característico de su ritual: la danza.

El 1 de marzo, vestidos conforme lo exigía el ritual, sacaban los Anciles y recorrían la ciudad, deteniéndose en los lugares consagrados para ejecutar su danza, en la que reproducían los movimientos del praesul, con un ritmo en tres tiempos (tripudio), y saltaban y golpeaban con un bastón corto los escudos sagrados, a la vez que, siguiendo al uates, entonaban su himno. Este, atribuido a Numa Pompilo, comprendía invocaciones colectivas e individuales a los dioses y terminaba con una mención a Mamurio Veturio (divinidad enigmática, que tal vez represente al demonio de invierno, su nombre se interpretaría como el viejo marzo al que se expulsaba de Roma en la fiesta de las Mamurales). Su lenguaje arcaico y oscuro hacía que el texto fuera ininteligible, incluso, para los mismos Salios.

Se ha conservado lo que parece ser el comienzo del mismo:
“Cantad al padre de los dioses,
suplicad al dios de los dioses; cuando tú,
Lucetio, truenes, ante tu presencia retumban...”

Al caer la tarde, guardaban los Anciles y celebraban un festín, cuya opulencia se hizo proverbial. 

Statue de Mars ornant la Porte de Paris à Lille, dominio público.

En sus ritos llevaban el siguiente vestuario: túnicas bordadas de purpura, ajustadas por un cinturón militar de bronce, coraza del mismo material, gorros redondos terminados en una borla (apex); ceñían espada y en la mano derecha empuñaban una lanza o daga corta, o el bastón con que golpeaban los escudos. Esta ceremonia volvían a repetirla en octubre, con lo que sus ritos tenían el significado de abrir y cerrar la, por así decirlo, estación guerrera (de marzo a octubre).

Los Anciles eran escudos sagrados que se guardaban en la Curia. Según la leyenda, Júpiter, desde el cielo, había enviado a Numa Pompilo un escudo perteneciente al mismísimo dios Marte como garantía del poderío del pueblo romano. El escudo era de bronce, de pequeño tamaño, ovalado, recortado en la mitad por ambos bordes, lo que le daba forma de un violín, por lo que le llamaron ancile, (cortado por los dos lados). Como la suerte de Roma estaba unida a la del escudo, para evitar que fuera robado, el rey encargó que se construyeran otros once iguales al que había caído del cielo. El artesano encargado realizó tan maravillosamente su trabajo que, a partir del momento en que fue mezclado el original con las copias, resultó irreconocible. Numa eligió a doce jóvenes patricios, sobresalientes en virtud y hermosura, para que fueran los guardianes de los escudos. Se decía que estos escudos se agitaban por si mismos para avisar que se acercaban momentos de peligro para Roma.


El nombre de marzo fue dado en honor a Marte, dios de la guerra de los romanos. Lo consideraban un dios omnipotente por su gran poder y fuerza. Era hijo de Júpiter y de Juno. Se le representaba como a un guerrero con armadura y con un yelmo encrestado. El lobo y el pájaro carpintero eran sus símbolos. En su mano derecha empuñaba una poderosa lanza, mientras que con el brazo izquierdo sostenía alzado un luciente escudo.

Los soldados, antes de entrar en batalla, invocaban a Marte y para determinar los augurios de éxito o fracaso en la lucha que su dios les brindaría, le consagraban unas gallinas dándoles trigo, a las cuales observaban atentamente, si se lo comían o lo rehusaban. Dependiendo de los resultados, obtendrían la victoria o el fracaso en el combate.

miércoles, 9 de octubre de 2019

CÉSAR, IDUS DE MARZO DE 44 a.C. (relato corto).


Recogió los papiros guardándolos en su librería privada. Planificaba su próximo proyecto: la invasión de la Partia. Roma bajo su autoridad se extendería hacia oriente y llegaría al Indo. No era un imprudente como Marco Licinio Craso, su inteligencia superior había encontrado la manera de acabar con la caballería parta. Esta vez, bajo su mando, las legiones triunfarían. Él sería el mejor hombre de entre los hijos de Quirino. ¡Su nombre sería recordado junto al de Alejandro Magno!

—Señor, la domina quiere verlo.

—Dile que pase.

Carpurnia entró con semblante de preocupación. Su esposa era una exagerada, siempre preocupada por todo.

—¿Qué quieres mujer?

—No vayas hoy al senado, la vidente pronosticó una desgracia.

—Yo no me arrugo ante los presagios de una adivina.

—He soñado que los dientes de su lado derecho, el lado que representa a los hombres, eran de madera. Eso simboliza una muerte violenta. Todas las interpretaciones lo dicen. Señor mío, no vaya hoy al senado.

—Calla, yo no me escondo ante los temores de una mujer. Sería una vergüenza que descubrieran que César se acobardó y se refugió tras su esposa.

Sin querer escucharla se dirigió al atrium de la casa y pidió a sus siervos que se prestaran a vestirlo adecuadamente pues tenía que partir prontamente. ¡Cayo Julio César no se intimidaba ni ante los hombres ni ante los dioses! Mientras acababan de vestirlo llegó para acompañarle Décimo Junio Bruto, un buen legado y un buen almirante que había luchado eficazmente junto a él en las guerras de la Galia, un hombre de plena confianza.

—Te veo con mala cara.

—Calpurnia, que es muy pesada, me ha contado un sueño absurdo pidiéndome que no fuera hoy al senado pues iba suceder una desgracia.

—Tú eres Julio César, cónsul y dictador vitalicio. Has vencido a todo enemigo que te se ha opuesto. Cuando te vean mostrarán respeto y nadie se atreverá a hacer nada. No hagas caso de una mujer. ¿Desde cuándo las mujeres deciden lo que han de hacer los hombres? 

Julio César, museo del Louvre, dominio público portal Pixabay.

Tras un corto trayecto llegó al foro, allí saludó a muchos de sus adoradores, clientes y seguidores. Ordenó a su guardia personal que esperara allí hasta su salida. Era la hora de entrar a la casa de reunión y debatir con el senado.

—Por la república—. Pronunció Casio Longino.

—Por la república—. Esta vez fue Cayo Trebonio.

Cada repetición era seguida con una daga introduciéndose en el cuerpo de César. Tras las primeras doce puñaladas se dejó de percibir reacción. Aun así, cada uno de los conspiradores utilizó su turno. Más de treinta hombres atravesaron las carnes perpetrando el magnicidio. El blanco de la toga, el púrpura distintivo de la magistratura y el rojo de la sangre acabaron mezclándose. Tras un momento de silencio los conspiradores partieron cada uno a su casa donde habían preparado planes de contingencia, no sabían cómo reaccionaría el pueblo.

Durante su trayecto Junio Bruto pensaba en lo hecho: ¡No, no le gustaba pero tenía que hacerse! Un familiar suyo, concretamente Lucio Junio Bruto, fue el primer cónsul de Roma, con él murió la monarquía de Tarquinio el Soberbio. Con el poder que tenía y si lograba conquistar la Partia, Cayo Julio César sería el nuevo rey de Roma, ¡había que salvar a la República.
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Escrito por Ángel Portillo.

viernes, 4 de octubre de 2019

EL MITO DE HÉRCULES Y ROMA.

La historia mítica nos cuenta que Hércules había recibido de Euristeo, entre otros trabajos, la orden de conducir las vacas de Gerión desde Erilía (o isla roja, en Iberia, cerca de las columnas de Hércules) a Argos en el Peloponeso. Durante esta empresa pasó por muchas partes de Italia y llegó a las proximidades de Palanteo (ciudad mitológica cerca del Tíber); algunos dicen que llegó realmente al monte del Aventino. Como encontró allí mucha hierba buena para las vacas, las soltó para que pastaran. Él agotado por la fatiga recostándose, se entregó al sueño. Pasó que un ladrón de esa región, de nombre Caco, se encontró casualmente con las vacas que pastaban sin ninguna vigilancia y sintió deseo de ellas. Pero cuando vio a Hércules durmiendo allí pensó que no podría llevárselas a escondidas y al mismo tiempo comprendió que el asunto no era fácil. Entonces, escondió unas pocas en la cueva cercana donde vivía, arrastrando a cada una por la cola, al contrario de la marcha natural de los animales. Esto podía suponer la desaparición de cualquier prueba, pues la dirección sería la opuesta a las huellas. Poco después, al levantarse Hércules y contar el número de vacas, cuando se dio cuenta de que faltaban algunas, estuvo confuso durante algún tiempo sin saber dónde habrían marchado y las estuvo buscando por el lugar como si se hubieran extraviado del pasto. Pero como no las encontraba, llegó a la cueva pensando que había sido engañado por las huellas y debía examinar el lugar. Caco, que estaba de pie delante de la puerta, cuando Hércules le preguntó, afirmó no haber visto a las vacas, y cuando solicitó buscar en la cueva, no se lo permitió, sino que empezó a llamar a gritos a los vecinos como si estuviera sufriendo algún daño a manos del extranjero. Hércules, sin saber qué hacer en tal situación, decidió conducir a las demás vacas a la cueva. Cuando las de dentro olieron y oyeron a sus compañeras, contestaron mugiendo a las de fuera y su mugido se convirtió en acusador del robo. Caco, una vez descubierta su fechoría, empezó a pelear y a llamar a los que vivían con él en los campos. Pero Hércules apaleándolo con la maza, le dio muerte, y después de sacar fuera las vacas, como vio que el lugar era apropiado para guarida de malhechores, destruyó la cueva sobre el ladrón.

El Emperador Cómodo representado como Hércules ( Museo capitolino, dominio Público).

Los aborígenes y los arcadios (habitantes de la zona), cuando se enteraron de la muerte de Caco, consideraron como una gran dicha el verse libres del ladrón. Los pobres, cortando ramas de olivo, que crecía en abundancia por aquel lugar, le coronaron y se coronaron ellos mismos, y sus reyes vinieron a ofrecer a Hércules hospitalidad. Pero cuando por él conocieron su nombre, su linaje (hijo del dios Júpiter y la humana Alcmena) y sus hazañas, le confiaron su territorio y ellos mismos se pusieron en sus manos en prueba de amistad. Tras eso levantaron un improvisado altar en su nombre y le ofrecieron en sacrificio a una ternera que no conocía el yugo. Ese primer altar se construyó en el Foro Boario, en el que durante mucho tiempo se encontrarían el Ara Máxima (gran altar) y los templos a Hércules Invictus y Hércules Olivarius. 

Hécules en su trabajo de capturar al toro de Creta ( Portal PixaBay, dominio público)

Otro mito menos conocido nos cuenta que Hércules llegó a ser un gran general de los ejércitos de los antiguos habitantes de la zona y tras luchar contra todos los tiranos estableció monarquías legítimas. Además de esto, mezcló a bárbaros con griegos y a gentes de tierra adentro con gentes de la costa, que hasta entonces habían tenido relaciones desleales e insociables; también construyó ciudades en zonas deshabitadas, desvió los ríos para que regaran los campos, cortó carreteras a través de montañas inaccesibles e ideó otros recursos para que toda la tierra y el mar llegaran a ser de uso común para todos. Algunos dicen que dejó a los hijos que tuvo en estos lugares que ahora habitan los romanos. Estos hijos fueron Palante y Latino (los hay que creen que este último era hijo de Fauno). Palante murió antes de llegar a la pubertad, pero Latino, cuando se hizo hombre, heredó el reino de los aborígenes. Eneas, hijo de Anquises, se casó con Lavinia, hija del rey que al morir sin descendencia convirtió al héroe troyano en el monarca de los llamados latinos en honor al fallecido. Los descendientes de Eneas y de Lavinia fundaron Alba Longa y mucho después la belleza de Rea Silvia, hija de la familia real de esta ciudad, enamoró al Dios Marte y tras eso está quedó en cinta de dos gemelos, pero esta es otra historia (otro mito). 

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Fuentes: Dionisio de Halicarnaso. Historia Antigua De Roma.

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Ángel Portillo autor de:
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Miembro del grupo de recreación historica Barcino Oriens (Legio II Traiana Fortis) y Miembro de Divulgadores de la Historia.