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Mostrando entradas de septiembre, 2018

LA BATALLA CONTRA LOS ROXOLANOS (69 d.C.)

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La mayor victoria de la Legio III Gallica en el Danuvius. “En febrero, cuando las trompetas entonaron la señal «¡A las armas!» a través de todo el campamento del Danubio de la legión III Gallica, la nieve todavía no se había derretido en Mesia. La legión, que llevaba menos de un año en su nuevo destino, recibió la orden de ponerse en marcha de inmediato. Liderada por su legado, Fulvio Aurelio, la III Gallica salió a toda velocidad con la misión de interceptar una fuerza de muchos miles de jinetes sármatas de la tribu de los roxolanos que habían atravesado el helado Danubio para emprender razias en el norte de Mesia Los oponentes sármatas, jinetes expertos procedentes de Asia […] llevaban armaduras de escamas y cascos cónicos, y utilizaban largas lanzas y arcos, pero no escudos. La espada de los sármatas roxolanos era tan larga que se guardaba en una funda sujeta a la espalda y se sacaba con las dos manos por encima del hombro. […] Los exploradores de la cab

El amanecer para un romano en el Imperio.

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“Comenzaremos diciendo que la Roma imperial despertaba a la hora que despierta un pueblo: al despuntar el alba. Antes de seguir, volvamos sobre el epigrama de Marcial ya citado en el que el poeta enumera las causas del insomnio que, en su época, padecían los desafortunados romanos. Desde el momento en que amanecía, los ciudadanos tenían que soportar el ruido ensordecedor de las calles y plazas, donde se mezclaban los martillazos de los caldereros y el griterío de los alumnos de las escuelas.   Los romanos ricos, para protegerse del alboroto, se retiraban al fondo de sus viviendas, aisladas del ruido por gruesos muros y por jardines circundantes. Sin embargo, tampoco allí lograban encontrar la tranquilidad, ya que los grupos de esclavos que realizaban las tareas de limpieza se lo impedían. Nada más amanecer, a un toque de campana, un enjambre de sirvientes, con los ojos aún abotargados por el sueño, empezaban a revolotear por la casa armados con un arsenal de cubos, bayetas, escaler

La sepultura, el alma y los dioses Manes según Plinio el Viejo.

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El hecho mismo de la incineración no es institución antigua entre los romanos: eran cubiertos con tierra; pero fue establecida en el momento en que se enteraron de que, en las guerras en lugares remotos, desenterraban a los que habían sido enterrados. Y, sin embargo, muchas familias conservaron los ritos antiguos, como la Cornelia, en la que se dice que nadie fue incinerado antes del dictador Sila, y que lo había querido temiendo el talión, cuando desenterraron el cadáver de Mario. [Realmente, por sepultado debería entenderse el cadáver ocultado, sea cual sea la manera; y por enterrado, el que ha sido cubierto con tierra] Después de la sepultura son vanas las divagaciones acerca de los Manes. A partir del último día todos tienen lo mismo que antes del primero, y a partir de la muerte ni el alma ni el cuerpo tienen algún sentido más que antes del nacimiento. Pues la misma vanidad se extiende también hasta el futuro e incluso para el momento de la muerte se promete falsamente una vida

Los cuatro elementos de que consta la agricultura de Paladio.

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Así, pues, en primer lugar, la razón de una buena elección y cultivo del campo estriba en cuatro factores: aire, agua, tierra y labor . Tres de ellos dependen de la naturaleza, el otro de lo que se pueda y se quiera. Propio de la naturaleza es, y a ello hay que mirar en primer lugar, que en los lugares que destines al cultivo el aire sea saludable y apacible, el agua salubre y abundante, bien sea porque nazca allí, o sea traída, o se recoja de la lluvia; la tierra fértil y cómoda por su emplazamiento. La aptitud del aire. Testimonian, pues, la salubridad del aire los lugares apartados de valles profundos, despejados de nieblas por las noches así como la estimación de los siguientes síntomas de sus habitantes: si tienen un color sano, la cabeza bien erguida, la mirada clara, el oído fino y la garganta da paso a una voz cristalina. De esta forma se comprueba la pureza del aire, pues lo contrario denota un tipo de clima insano. La buena calidad del agua. La salubr

El cómo curaba Asclepio (o Esculapio para los romanos).

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«El principio en el que se fundamentaba un Asclepieium era sencillo: el enfermo recibía en él la acción sanadora del dios durante un sueño ritual inducido en una construcción específica, el ábaton. La recuperación del peregrino dependía del cuidado que pusiese en obedecer los remedios comunicados por Asclepio. Por supuesto, llegar a esta fase demandaba algunos procedimientos y algunas salvedades previos. Para comenzar, en el santuario de Asclepio de Pérgamo se les prohibía el paso a los moribundos al borde de la muerte y a las mujeres embarazadas, en razón de que expirar en el terreno sacro constituía una ofensa a los dioses. Los peregrinos, candidatos al tratamiento inspirado directamente por el hijo de Apolo, estaban obligados a entrar en el ábaton después de una abstención a mantener relaciones sexuales, al consumo de queso y de carne de cabra, y tenían que renunciar a vestir con un chitón de color blanco (la túnica griega), portar cinturón, llevar anillos o ir calzados. Las leyes

Las calles de Roma y la circulación

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El tránsito se regía por la misma oposición de día y noche. Durante el día había una intensa animación, un bullicio desenfrenado, un estrépito infernal. Las tabernae se pueblan nada más abrirse y sacan sus puestos a la calle. Los barberos afeitan a sus clientes en mitad de la calzada. Los buhoneros del Trastevere intercambian sus cajas de pajuelas por abalorios. Más allá, los figoneros, enronquecidos a fuerza de gritar a una clientela que les ignora, preparan sus humeantes salchichas a la vista del público. Los maestros de escuela y sus alumnos se desgañitan. De pronto un coleccionista deja caer sobre una tabla mugrienta unas monedas con la efigie de Nerón; más allá, un batidor de polvo de oro golpea violentamente con un martillo la piedra desgastada; en un cruce, un círculo de curiosos observa asombrado a un encantador de serpientes. Por todas partes resuenan los martillos de los caldereros; las temblorosas voces de los mendigos, invocando a la diosa Bellona o relatando sus azaros

Galeno, el uso de las partes – Libro III

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[…] El hombre es, pues, el único animal que tiene manos, órganos adecuados para un ser vivo inteligente y es el único pedestre bípedo y de posición erguida, porque tiene manos. El cuerpo necesario para la vida está constituido por las partes que están en el tórax y en el abdomen, mientras que el destinado a la locomoción necesita las extremidades. Por ello, en ciervos, perros, caballos y similares las extremidades delanteras se han convertido en patas como las traseras y eso contribuye a su velocidad. En el hombre, en cambio — pues no tenía necesidad de velocidad propia quien iba a domar con su inteligencia y con sus manos al caballo y era mucho mejor que, en lugar de órganos de la velocidad, tuviera los necesarios para todas las artes—, las extremidades delanteras se convirtieron en manos. Por qué no tiene, entonces, el hombre cuatro patas, y, además de ellas, manos como los centauros? En primer lugar, porque la mezcla de cuerpos tan diferentes le era imposible a la naturaleza,

Primera Catalinaria.

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¿Hasta cuándo has de abusar de nuestra paciencia, Catilina? ¿Cuándo nos veremos libres de tus sediciosos intentos? ¿A qué extremos sé arrojará tu desenfrenada audacia? ¿No te arredran ni la nocturna guardia del Palatino, ni la vigilancia en la ciudad, ni la alarma del pueblo, ni el acuerdo de todos los hombres honrados, ni este protegidísimo lugar donde el Senado se reúne , ni las miradas y semblantes de todos los senadores? ¿No comprendes que tus designios están descubiertos? ¿No ves tu conjuración fracasada por conocerla ya todos? ¿Imaginas que alguno de nosotros ignora lo que has hecho anoche y antes de anoche; dónde estuviste; a quiénes convocaste y qué resolviste? ¡Oh qué tiempos! ¡Qué costumbres! ¡El Senado sabe esto, lo ve el cónsul, y, sin embargo, Catilina vive! ¿Qué digo vive? Hasta viene al Senado y toma parte en sus acuerdos, mientras con la mirada anota los que de nosotros designa a la muerte. ¡Y nosotros, varones fuertes, creemos satisfacer a la república previniendo las