lunes, 10 de septiembre de 2018

Los cuatro elementos de que consta la agricultura de Paladio.

Así, pues, en primer lugar, la razón de una buena elección y cultivo del campo estriba en cuatro factores: aire, agua, tierra y labor.

Tres de ellos dependen de la naturaleza, el otro de lo que se pueda y se quiera. Propio de la naturaleza es, y a ello hay que mirar en primer lugar, que en los lugares que destines al cultivo el aire sea saludable y apacible, el agua salubre y abundante, bien sea porque nazca allí, o sea traída, o se recoja de la lluvia; la tierra fértil y cómoda por su emplazamiento.



La aptitud del aire.


Testimonian, pues, la salubridad del aire los lugares apartados de valles profundos, despejados de nieblas por las noches así como la estimación de los siguientes síntomas de sus habitantes: si tienen un color sano, la cabeza bien erguida, la mirada clara, el oído fino y la garganta da paso a una voz cristalina. De esta forma se comprueba la pureza del aire, pues lo contrario denota un tipo de clima insano.



La buena calidad del agua.


La salubridad del agua se reconoce así: ante todo, que no proceda de estanques o charcas, que no tenga su nacimiento en las minas, que sea trasparente y no esté alterada por sabor u olor alguno, que no deposite lodo, que alivie el frío por tibia y aplaque e1 calor del verano por fresca. Pero como la naturaleza, substrayendo todas estas cosas a la vista, gusta de encubrirse guardando el mal oculto, la reconoceremos también por la salud de sus habitantes: si está limpia la garganta de los que la beben, si la cabeza está sana y no hay ninguna afección, o es poco frecuente, en pulmones y estómago —pues muchas veces lo que está infectado en la parte superior del cuerpo propaga las enfermedades a la parte inferior, de modo que cuando la cabeza está afectada, el mal desciende a los pulmones y estómago, y entonces hay que echar la culpa más bien al aire—, después, si el vientre, las tripas, los pulmones o los riñones no están aquejados por dolor o inflamación alguna y si no hay enfermedades vesicales; cuando estos síntomas los veas detectados en la mayor parte de los habitantes, no receles del aire ni de las fuentes.



La calidad de las tierras.


En las tierras hay que buscar la fertilidad; que no sea una gleba blanca y desnuda, ni sablón delgado sin mezcla de mantillo, ni greda pura, ni arenas finas, ni grava seca, ni tenga la delgadez pedregosa del polvo dorado, ni tierra salada o amarga, ni encharcada, ni toba arenosa y seca, ni un valle excesivamente umbrío y cerrado, sino que sea una tierra suelta y más bien negra capaz de recubrirse con un tapiz de césped, o de un color intermedio, de forma que, aunque sea poco densa, se aglutine, sin embargo, con la adición de un suelo graso. Lo que dé que no sea ni rugoso, ni reseco, ni falto de savia natural. Que produzca, ya que es una buena señal de dar cereales, yezgo, junco, caña, césped, trébol que no sea endeble, zarzas grandes y ciruelas silvestres.

En cambio, no hay que empeñarse en buscar el color, sino la crasitud y la dulzura. Comprobarás la grasa de este modo: disuelves en agua dulce un poquito de tierra y le das vueltas; si es pegajosa y liga, prueba que contiene grasa, también, se hace un agujero y se vuelve a llenar; si sobra tierra, es grasa, si falta, es seca, si queda al ras, intermedia. De otra parte, su dulzura se reconoce si de la parte del campo que menos te gusta, pruebas por el sabor un terrón disuelto en agua dulce en un recipiente de barro. […]



Fuente. Tratado de Agricultura de paladio

Página Facebook: Ángel Portillo Lucas




Foto. Roman harvester, trier (dominio público).


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