Nociones sobre la visión del Sexo de las mujeres romanas en el matrimonio.

Poco se sabe realmente de lo que sucedía cuando se cerraba la puerta de una alcoba. Sin embargo, no cabe duda de que el sexo es una parte normal de la vida conyugal entre el hombre y la mujer. Estas líneas son una visión generalizada de lo que reinaría en la antigua Roma. En aquel tiempo el sexo reflejaba el modelo cultural dominante/sumisa de la institución del matrimonio. Dentro de esa costumbre existía la posibilidad de que la mujer fuese una buena pareja sexual. Una canción de boda compuesta por el poeta de la élite, Catulo, puede captar la esencia real: «Novia, asegúrate de que no te niegas a hacer lo que tu marido te pida, o irá a buscarlo a otro sitio».


Artemidoro confirma esta actitud en la gente corriente:

«Tener relaciones con la esposa dispuesta y sumisa (no reacia al sexo) es algo bueno a juicio de todo el mundo, puesto que la esposa representa para el que sueña el arte o la profesión que le proporciona placer o domina, ya que también controla a su mujer. El sueño augura beneficios derivados de esas cosas ya que, por un lado, el hombre obtiene placer del acto de Afrodita, y por otro, obtiene placer al recibir beneficios. Sin embargo, si la esposa es reacia o no se ofrece, ello es señal de lo contrario». (Sueños 1.78)

Matrona romana, John Willians Godman, dominio público


Resulta fácil imaginar a las esposas experimentadas aconsejando a las novias jóvenes que hagan lo que desee el marido: «los hombres siempre son hombres», «los hombres son así» o «tú dale hijos, sobre todo varones, y se te acaban los problemas». Reconocimiento del elemento psicológico del sexo en el matrimonio junto con el elemento procreativo.

El mismo Artemidoro nos dice:

«El miembro viril se corresponde con los progenitores, puesto que contiene el principio de la generación; con los hijos, ya que así mismo es la causa de su nacimiento; y con la mujer y con la amante, porque es imprescindible, para el acto amoroso. De igual modo, con los hermanos y con todos los parientes consanguíneos, en razón de que cualquier género de parentesco procede del pene. Este representa la fuerza y la hombría corporal, debido a que es la fuente de ellas, hasta el punto de que es llamado por algunos «virilidad» (Sueños 1.45).

El texto era muy explícito y recordaba que el varón era el amo y creador y la hembra el receptáculo, por lo que debía mostrarse sumisa. Con seguridad estas ideas iban asociadas a otras religiosas: «Así lo quieren los dioses».

Los hombres eran más o menos libres de satisfacer sus impulsos sexuales con esclavas y prostitutas; las mujeres no. De modo que el placer sexual «respetable» de la mujer quedaba restringido al matrimonio. Indudablemente, podía disfrutar del sexo y, de hecho, debía hacerlo si había de tener lugar la concepción. Médicos, desde Hipócrates a Sorano, pasando por Galeno, relacionaban el orgasmo femenino o, como mínimo, una actitud positiva ante el acto sexual, con la concepción. Por consiguiente, dentro de la función fundamental de la mujer casada -la procreación-, el disfrute del sexo no sólo estaba permitido, sino que era deseable.

Aun así no hay que olvidar que el grado de disfrute variaba desde «cumplir de buen grado con su deber» hasta caer en el exceso sexual.

«Cómo se recibe el placer es también de gran importancia, pues las esposas concebirán más a menudo si el acto se realiza como los animales salvajes y domésticos, porque de este modo, con los pechos hacia abajo y los genitales elevados, la semilla del varón llegará donde ha de llegar». (Sobre la naturaleza de las cosas)

«Los movimientos sexualmente estimulantes son absolutamente inútiles para las esposas, puesto que una mujer no concibe -e incluso lucha contra ello- si favorece con entusiasmo la penetración del hombre con el movimiento de sus caderas y hace que eyacule en su convulso seno. Pues aparta el surco de la reja del arado y evita que la semilla caiga donde debería». (Sobre la naturaleza de las cosas)

Hay una frase de Publilio Siro que vale la pena repetir: «Una esposa cumplidora aparta al hombre de las prostitutas» (Máxima 492). Así pues si bien las esposas podían disfrutar del sexo «natural», en general, un comportamiento «desviado» (cualquier actividad sexual que fuese más allá de la procreación) estaba, en principio a ojos públicos, mal visto en el lecho conyugal.



El impacto del lesbianismo en la vida de las mujeres corrientes es imposible de valorar, pero no cabe duda de que ese tipo de experiencias estaban presentes. Lucio escribe:

«Ven, época futura, legisladora de extraños placeres, crea nuevos caminos para la lujuria masculina, pero concede el mismo privilegio a las mujeres y permíteles tener relaciones entre ellas como hacen los hombres. Permíteles ceñirse astutamente instrumentos libidinosos, monstruosidades misteriosas que carecen de semilla, y que las mujeres yazgan con mujeres como lo hacen los hombres. Que el lesbianismo displicente campe a sus anchas, y que las alcobas de nuestras mujeres emulen a Filenis, deshonrándose con amores sáficos. (Asuntos del corazón)

Artemidoro aporta pruebas de que el lesbianismo era practicado por la población en general, ya que en su obra se plantea la posibilidad de que una mujer posea a otra:

«Si una mujer penetra a otra compartirá sus secretos con la que es penetrada. Pero si no conoce a la penetrada, emprenderá tareas frívolas. Si una mujer es penetrada por otra, se divorciará de su marido o enviudará. Sin embargo, conocerá los secretos de la que está haciendo el acto». (Sueños 1.80)

Esta mención explícita al lesbianismo se compensa con otras según las cuales las relaciones homosexuales entre mujeres debían evitarse; así, por ejemplo, Pablo critica a «las mujeres politeístas por «cambiar las relaciones naturales por relaciones antinaturales» (Romanos 1:26).

Favourite custom, Sir Lawrence Alma-Tadema, dominio público.

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Fuentes: 
La Roma de los olvidados de Robert C Knapp.
La interpretación de los sueños de Artemidoro.


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